viernes, 19 de abril de 2013

El prólogo de Hernán Migoya a su libro “Todas putas: Edición definitiva”


“Ya te iba a escribir cuando terminé de leer tu libro ("Todas putas") con el mítico cuento del violador. Que me encantó!!!! Creo que ese cuento, mal leído, dejó de lado los otros, que me parecieron todavía mejores, pero de alguna manera te hizo famoso como tío guarro, machista y horrible”. (Carlos Trillo)

EL AÑO QUE LAS PASÉ PUTAS
Introducción: 

“Desde una vez que rogué, ya me decían el rogón”.
(El rogón, canción de Jorge Negrete)

Con la aparición de este libro, vuelve a estar en la calle el contenido íntegro del que, hace justo diez años, en abril de 2003, constituyó mi primer título de ficción literaria y el que me marcó para bien, para mal y para siempre.

Con esta edición, celebramos no solamente la década de vida de esta obra; también aprovecho para unir dos libros en uno: dos libros que nacieron por separado pero que se necesitan mutuamente; y que por fin ven juntos la luz.

El primero, el titulado Todas putas, ha sido seguramente el libro de ficción más temido y vilipendiado en la moderna democracia española, lo cual, excusarán mi estúpido orgullo, reviste su mérito: pues ser prohibido en dictadura es fácil –y no por ello deja de ser, Perogrullo, un acto vil y “censurable”–; pero estar a punto de ser prohibido en supuesta democracia, llegando a generar una sesión en Las Cortes para cuestionar el derecho a su existencia, como le pasó a esta inofensiva obra en el año 2003, me parece un hito notable y una buena muesca en la pluma de todo escritor satírico que se precie: tomarle el pulso a la sociedad de su tiempo, desafiar su sensibilidad aburguesada y ponerla nerviosa (provocando una actitud de lo más reaccionaria tanto en filas conservadoras como en su ámbito político y cultural presuntamente más tolerante) es, independientemente de la calidad en juego, siempre un tanto a favor del escritor y en contra de su sociedad.

Todas putas no es más (o es nada menos) que una compilación de cuentos escritos desde la honestidad con uno mismo. A diez años vista, es probable que solo extrañe de aquellos relatos la frescura y osadía de que hice gala en mi inconsciencia de autor virginal. Los he releído por vez primera desde su edición original con ocasión de esta reedición y, qué queréis que os diga, ¡a mí me siguen gustando! A veces me ha asaltado la tentación proscrita de retocar alguna frase torpe o algún párrafo enmarañado, como ocurre con toda obra pasada: pero yo no creo en la reescritura, ya que cada obra es hija de su tiempo y como tal debe permanecer en él. Ya el propio tiempo, con el transcurso de los años, se encarga de que cada libro se reescriba solo, con cada nueva lectura e interpretación por las generaciones venideras. Que el tiempo reescriba y, si quiere, estropee mi obra o la haga más vigente: yo sólo lograría lo primero pretendiendo lo segundo.

El otro libro que aquí se incluye, Putas es poco, apareció cinco años después, en 2007. Más que a un intento de aprovechar el éxito del primero –intento que en cualquier caso fracasó, ni siquiera estrepitosamente: sino en el mayor de los silencios–, responde a mi necesidad de réplica y reafirmación autoral ante ese fundamentalismo biempensante (e inmoral, si se me permite pagarle con su misma moneda) que me crucificó como escritor a la vez que quemó Todas putas en la hoguera. No sé si me asqueó más el ánimo ingenuamente sincero de las personas que pidieron en público la censura legal de mi libro y mi propia represalia judicial ¡desde el progresismo! (paradoja que prueba, a fin de cuentas, aquello que venía a decir el soldado Svejk de que si todo el mundo tuviera buenas intenciones, la Humanidad hubiera desaparecido hace siglos), o la cínica condescendencia de quienes más tarde recularon y, guardando la ropa, fingieron defenderme –sobre todo desde que Mario Vargas Llosa les afeó la conducta con un incontestable artículo en el diario El País, y también gracias a un manifiesto firmado por muchos valientes colegas de oficio–, justificando su pasada animadversión pública hacia Todas putas no como un deseo inquisitorial de censura sino como una inocua protesta intelectual, porque según ellos mi libro no merecía tanto revuelo: pero no por transgresor sino por malo. O sea, de reaccionarios protectores de la moral pública pasaban a autodefinirse como liberales adalides de la calidad estética: convirtiendo un grave debate que hasta entonces había sido de libertad de creación en una peregrina cuestión de “calidad” literaria. Para no aburrirme a mí mismo y a vosotros con los detalles, las circunstancias de aquel linchamiento público por medios de comunicación y estamentos políticos se desgranan en el cuento El violador 2 (La secuela), perteneciente a ese segundo libro que aquí, ahora, conforma con el primero este díptico definitivo de Todas Putas.

Después de Putas es poco, apenas volví a escribir cuentos, convencido de que en ese formato poco más podía aportar. Por eso, y porque temáticamente también aparece la mujer como motivo de inspiración y telón de fondo (único nexo a todo Todas putas), he querido agregar a esta compilación tres piezas más como un plus de interés. Cada una está escrita en diferentes épocas personales, más recientes, y con diferentes objetivos profesionales:

Once a freak podría encajar perfectamente como otro cuento procedente de Todas putas, pese a tratarse de una ficción escrita a posteriori, y específicamente, para un libro editado por el Festival de Cine de Gijón. Pertenece al mismo período de frescura y desfachatez que inspiraron Todas putas.

El jefe de estación sí iba a estar incluido en la edición original de Putas es poco, pero una vez escrito decidí presentarlo al Premio Camilo José Cela, obteniendo un accésit y un nuevo hito: que el propio Jurado del premio me dirigiera un rapapolvo en la edición impresa de los cuentos ganadores, permitiéndose criticar mi posicionamiento literario (posicionamiento decidido por ellos ¡en la propia introducción al cuento!) por “provocador”… Otra raya al tigre.

En cuanto a Dramatización de hechos reales con fines artísticos, creo que es el último buen cuento que he escrito y que aporta un colofón idóneo a esta recopilación.

Luchar contra la fama de provocador, frívolo, polémico, misógino, etcétera., es lo que desde hace diez años me toca aguantar en la vida pública, quizá para el resto de mi vida artística y para agravio de todos mis demás libros, muchos de los cuales no tienen la culpa de que su autor sea el mismo que escribió Todas putas. Quizá mi sentido crítico y autocrítico con los demonios ajenos y propios resulte por siempre molesto e intolerable para esta sociedad. En cualquier caso, durante la última década he soportado censuras, vetos y marginaciones varias, y seguro que nunca tendré conocimiento de la mayoría de ellos. Puede que jamás logre que los medios de comunicación y la crítica profesional me quiten ese estigma y aborden cualquiera de mis nuevas obras sin ese prejuicio; puede que ni siquiera yo lo logre, pues el complejo ya lo tengo inoculado. O puede que no lo merezca.

Y, bueno, al menos no estoy en una cárcel a pan y agua, como tantos otros escritores satíricos del pasado… ¡Dios bendiga la democracia española!

Para alegría o pesar ajenos, todos mis mejores cuentos están aquí, en este volumen. Si consigo que alguno de ellos logre tocar una fibra emocional (ya sea de tipo sentimental o jocoso, aunque la abyección también es una respuesta válida) en el lector, me sentiré más que satisfecho.

Mi única y mayor recompensa posible es, pues, que vosotros, lectores y lectoras, leáis y penséis por vosotros mismos sobre lo que leéis. Vosotros, como siempre, sois la recompensa final de estos cuentos.

Hernán Migoya

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